• Alejandro Ramírez

Tres problemas en menos de 24 horas. Mi viaje a Egipto, primera parte.

Actualizado: 13 oct 2020

Después de encontrar la mejor ruta para viajar, y varios días de darle la vuelta al mundo en unas escalas increíbles de viaje en Barcelona y Atenas, llegamos a la 1 AM a El Cairo. Tenemos una pila de papeles a la mano: cartas de invitación, reservas de hotel, números de teléfono, seguros médicos, y la sonrisa colombiana, que nunca falla. Llegamos con mucho nerviosismo, porque decidimos, a pesar de las recomendaciones, optar por viajar sin una visa emitida en Colombia, y comprar una a la entrada del país. En migración nos recibe un agente, cigarrillo en mano, que cumplía todos los estereotipos de ser un árabe de mal humor que protestaría a cualquier oportunidad. De pronto por la hora, no revisa los papeles, escasamente revisa y sella el pasaporte, ¡entramos a Egipto! 30 segundos después, este mismo hombre nos regresa, nos retiene unos minutos sin explicarnos nada, hace unas llamadas, prende dos cigarrillos, ojea los papeles, y nos vuelve a dejar entrar. Así de disparatada fue la bienvenida a la cuna de la civilización occidental. No teníamos idea de todo lo que vendría después.


Visa de turismo a Egipto para estancia de menos de 30 días. Tiene un costo de 25 dólares (USD) y se puede adquirir en cualquiera de los bancos ubicados antes de pasar a las oficinas de Migración del Aeropuerto Internacional de El Cairo.
Visa de turista que puedes comprar en Egipto.

Nos recoge Ahmed con sus amigos, a quien conocí en Brasil en el 2015 y amablemente nos hospedará a mis amigos y a mí en su casa. Pensando en llegar a desempacar y dormir para empezar un día y cumplir con nuestro apretado itinerario, como haríamos en cualquier otro país a la 1 AM después de un viaje de varios días. De pronto, Ahmed y sus amigos nos convencen de romper ese itinerario, y nos invitan a hacer un plan típico que, según Ahmed, ellos hacen todo el tiempo. ¿Un pub? ¿Una cafetería para tomar té y fumar narguile? ¿Algún restaurante? Nada de eso. Llegamos a un potrero en frente de nosotros, una calle de doble sentido, al otro lado del potrero unos apartamentos, y muchos grupos de jóvenes que, al igual que nosotros, se hacen en los andenes a conversar, a escuchar música en el baúl de los carros y a devorar cigarrillos hasta que amanece. Por las dificultades de libre desarrollo personal que tienen los jóvenes en Egipto, este plan se vuelve valioso para ellos, por representar una fracción de libertad sin prejuicio alguno.


A eso de las 5 AM, camino a la casa de Ahmed, pensando en que ya podríamos descansar, nos paró la policía en un retén. Salimos todos del carro, mientras los agentes nos revisaron exhaustivamente, sin tener nosotros idea de qué estaba pasando. La discusión entre Ahmed y el agente se subía de tono más y más (O eso creíamos). Nosotros, impávidos ante la situación, asumíamos que, por el tono de la conversación, estábamos en problemas. Por nuestra cabeza pasaron muchos escenarios, incluso nos vimos incentivados, tristemente gracias a la cultura de la viveza que cargamos a cuestas los latinoamericanos, en sobornar al agente para poder zafarnos del supuesto problema. Pero, luego de un rato de discusión en árabe, nos dejó ir. ¿Por qué fue esa discusión? Le preguntamos a Ahmed, estaba algo enojado por un papel que encontró, quería hacerle creer a otros agentes que era papel de fumar, nos contó él. Así de difíciles son las barreras allá.


El calor del amanecer se comienza a sentir en Nuevo Cairo, la zona donde Ahmed vive. Nuestro espacio de dormir era un apartamento privado, sencillo en su decoración, pero bastante acogedor. Con nuestros nervios más tranquilos por la entrada al país y el episodio con la policía, logramos cerrar los ojos. Antes de dormir, un nuevo episodio nos vuelve a colocar en estado de alerta. ¿Qué es ese ruido? ¿Son trompetas? ¿Es un grito? ¿Será que alguien necesita ayuda? No logramos entenderlo, pero una vez paró, el cansancio no permitió seguir indagando, y nos pusimos a dormir. Este ruido volvió a las 11 AM, funciona como una alarma, de esas que te dejan los nervios de punta. Nos asomamos por la ventana, no vemos a nadie en la calle, parecen los sonidos del Apocalipsis, dice uno de nosotros. Luego de preguntarle a Ahmed, nos explica que es el llamado a la oración del Islam, resulta que su abuelo es el Imán (Líder de oración) de una mezquita que queda en el sótano del edificio donde estamos. Los musulmanes tienen cinco rezos obligatorios al día, y este llamado es el que permite parar las actividades del día para acudir al rezo. Entendido esto, no hemos completado 24 horas en Egipto, y ya hemos tenido tres episodios que nos han subido al máximo de nuestros estados de alerta. Esto apenas comienza.


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