Aburrimiento extremo
- Alejandro Ramírez

- 17 feb
- 3 Min. de lectura
Basado en mi experiencia de cerrar mis redes, me han preguntado qué he hecho con ese tiempo libre. Yo uso mi celular, según las métricas, unas 28 horas a la semana, pero antes, con redes sociales, ese tiempo era hasta un 70 % más alto. Dejando las redes me gané unas tres horas libres al día, ¿Qué pasó con ese tiempo? Apartando lo que señalé en la entrada anterior, como mejorar mi hábito de lectura, dormir mejor, estar más presente, dediqué un poco de ese tiempo libre a no hacer absolutamente nada, a aburrirme. ¿Por qué?
La raíz de esto fue algo que leí. De los filósofos modernos, Byung-Chul Han es de los que más me ha marcado recientemente. Su ensayo La sociedad del cansancio es una descripción precisa de la hiper-productividad, la necesidad constante de estar metidos haciendo algo, rindiendo, y como este constante movimiento ha traído terribles consecuencias en salud mental, como ansiedad, depresión, déficit de atención y burnout.
Esto es una situación de contrastes. Por un lado, yo aplaudo que la sociedad de hoy es el mejor espacio para hablar abiertamente de salud mental. Ha habido una explosión de casos de ansiedad, sobre todo a raíz de la pandemia, lo hemos visto con amigos, con familia y hasta con personajes públicos. Por otro lado, es injusto que la hiper-productividad en la que resultamos, casi que, por presión social, nos arrastre a situaciones de salud mental.
El aburrimiento extremo es una situación en donde uno debe sentarse a hacer absolutamente nada, algo parecido a la meditación. Es un esfuerzo absoluto por traer la mente al presente y desconectarla de preocupaciones, o de comparaciones, o de la necesidad constante de estar haciendo cosas. El principal beneficio de esto es pensar, muy simple.
Los días normales de una persona de una edad promedio consisten en largas jornadas de trabajo, combinadas con responsabilidades domésticas, actividad física, encuentros sociales, hobbies, etc., y las pocas horas que restan destinarlas a navegar excesivamente por redes sociales, en donde el cerebro finalmente no logra desconectarse adecuadamente y resulta en un agotamiento, que deriva finalmente en temas de salud mental y burnout.
A lo anterior hay que sumarle esa presión, que mencioné arriba, que se termina replicando en todos los niveles de nuestras relaciones sociales, manifestada en la positividad absoluta, esa actitud que pretende volvernos exitosos, sin darle lugar al fracaso, y, por ende, a la reflexión. Dicha positividad absoluta es un elemento clave que nos pone en competencia los unos a los otros, con consecuencias devastadoras para la persona.
El aburrimiento extremo precisamente logra darle vuelta al agotamiento que resulta de ser hiper-productivos. Este permite reflexionar sobre cualquiera de los aspectos de nuestra vida, permite tomar mejores decisiones, e incluso ayuda a que la innovación se pueda dar.
Al comienzo, cuando me enfrenté al aburrimiento extremo por unos 30 minutos al día después de almorzar, se tornaba bastante incomodo y lleno de un sentimiento de culpabilidad por no estar rindiendo lo que se necesitaba. Hay que insistir en este punto, porque una vez deja de ser agobiante, es cuando la claridad mental comienza a aparecer, y con esta, una mejor toma de decisiones.
No es necesario replicar el hecho de sentarse a no hacer nada, pues hay muchas actividades que le permiten a uno desconectarse para pensar. Actividades como la lectura, la caminata o los hobbies le abren la puerta a desconectarse, pensar e innovar. No tiene por qué ser aburrido. En mi caso:
Una caminata con mi perro y sin mi celular me pone a pensar,
La improvisación teatral me baja las tensiones y me pone a pensar,
Bucear me pone a pensar y es una gran meditación.
Igual que la vez pasada, estoy convencido de que las redes sociales tienen aspectos muy positivos, pero su uso debe ser revaluado para que estas no dominen nuestra vida. En mi caso, he optado por la desconexión para que, una vez decida regresar, pueda relacionarme con ellas bajo un mejor control de mi vida.
Dos pensamientos para cerrar.
Primero, hay una maravillosa columna de Adolfo Zableh llamada Adictos a no vivir que empieza así: “Las personas que viven ocupadas se juran interesantísimas, cuando es todo lo contrario: pocos seres humanos más aburridos que ellas.”
Segundo, un amigo me dijo el otro día que menos mal no vivimos en un régimen comunista que nos vigilara todo el tiempo. A lo que yo hábilmente le respondí que el capitalismo ni siquiera necesita vigilarnos para funcionar.
En un sistema que nos obliga a movernos todo el tiempo, ¿el aburrirse sería una especie de revolución?




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